sábado, 27 de enero de 2018

Fenomenología de la Ansiedad

           No iba a tratar este tema en principio pero, pensándolo mejor, creo que la fenomenología puede llevar a cabo una importante tarea de sensibilización al respecto; además, se trata de un tema que ha ocupado en la última época de mi vida gran parte de mi tiempo y pensamiento. Hace unos años fui al médico por una sensación extraña e increíblemente incómoda que me invadía de forma frecuente durante mis actividades, sobre todo en aquellas que conllevaban interacciones sociales. Fui diagnosticado con un Trastorno por Ansiedad Social, mas famosamente conocido como Fobia Social, es decir, un pánico irracional (aunque, por suerte, ocasional y controlable) a ser juzgado o humillado socialmente que aparece de forma esporádica en forma de ataques de ansiedad.
             Me gustaría realizar un análisis fenomenológico de uno de esos ataques, aunque me temo que será difícil, por mi absoluta inexperiencia, no caer en psicologismos y atenerme únicamente al fenómeno. Para facilitar la tarea, creo que es indispensable retraerme a los primeros ataques, aquellos en los que uno no es consciente de su naturaleza, que aunque para el sujeto que padece los ataques resulta extremadamente útil, para la fenomenología, su conocimiento entorpece en forma de prejuicio el abrazo al fenómeno experimentado.
            Antes de comenzar, debo explicar que el ataque aparece al principio de forma inconsciente, es decir, en un primer momento, no es un fenómeno. Sin embargo, poco a poco, una sensación desconocida irá apoderándose de nuestro cuerpo, en forma de incomodidad, y ocupando cada vez más el centro de nuestra atención. Resulta especialmente llamativa porque no sabemos lo que es (recordemos que es un miedo irracional). Tratará, el sujeto que padece esta incomodidad, si está sentado, de cambiar de posición, de ponerse en pie, quizás dormir un poco, comer, beber agua, esfuerzos inútiles en busca de la satisfacción de esta extraña necesidad de origen desconocido que acaba de aparecer pero que tanto le aqueja. Lentamente (o de súbito), el sujeto concentra cada vez más atención en esta incomodidad, hasta que no puede pensar en otra cosa, queda cegado por ella.
            Además, es consciente de que esta sensación extraña, le está haciendo comportarse de forma extraña, o lo que de pronto parece mucho peor, sabe que las personas a su alrededor también son conscientes de su extraño comportamiento. Eso, por supuesto, le preocupa (quizás en demasía), por lo que el sujeto trata de eliminar la sensación lo antes posible, concentrado toda su atención en ella, preocupándose cada vez más por una sensación que se alimenta de la atención que se le ofrece. Como el Uróboros (imagen sorprendentemente adecuada), entra en una especie de círculo vicioso y aterrador: el ataque de ansiedad.
            El sujeto ve como las personas que le rodean le miran de reojo, ve como desvían la mirada cuando les mira, escucha sus cuchicheos, sabe que están hablando de él, humillándolo en secreto mientras se burlan, o extrañándose por la rareza de su comportamiento, y dándose cuenta, de pronto, de que no es una persona con la que vale la pena estar, hablar o relacionarse. El sujeto sabe que si le ven, si trata de relacionarse, quedará excluido de la sociedad, porque todos los demás se darán cuenta de que es un tipo raro, que no sabe comportarse, y por eso trata de esconderse, de huir de las relaciones sociales, de toda posibilidad de comunicarse. En ocasiones, le tendrá pánico a su propio teléfono móvil. Buscará de forma desesperada salir de la situación en la que se encuentre; si está en un bar saldrá al exterior o irá al cuarto de baño, si está en su casa se encerrará en la habitación. Necesitará estar solo, lo más solo posible. Aunque podría parecer que una persona cercana, conocida, de confianza, podría resultar de ayuda, a menudo, estas personas son las más temidas, las relaciones más valiosas y que con más esfuerzo se aspira a mantener. Recordemos que el sujeto sabe (no cree) que es un tipo raro, o al menos, que lo parece, y no es esta la imagen que desea dar a los demás[1].
            Pero en muchas ocasiones, incluso en soledad, el sujeto puede padecer un ataque, no por una relación concreta o una situación en la que no sepa exactamente cómo comportarse, sino, directamente, por la ínfima posibilidad de ser humillado. Es decir, en múltiples ocasiones, por ejemplo, un sujeto puede tener la sensación de que le están persiguiendo por la calle, de que quieren hacerle daño, pero sobretodo, de que quieren dañar su integridad, su dignidad, porque no es el dolor físico lo que teme, teme perder su condición de ser social. O quizás, otro ejemplo, como he mencionado antes, puede temer utilizar su teléfono, su ordenador o cualquier dispositivo que le ofrezca la oportunidad de comunicarse, como si en un acto impulsivo fuese a enviar una fotografía humillante, o un texto pretencioso, que le privara de las relaciones sociales que tanto aprecia. La posibilidad, por remota que sea, de arruinar su vida, si se encuentra en sus manos, le resulta aterradora (precisamente porque es consciente de que su juicio se encuentra totalmente ensombrecido, de que no es capaz de relacionarse efectivamente como normalmente hace). En cierto modo, el sujeto se siente como si un agente externo se hubiese apoderado de su cuerpo de manera que no pudiera responder de sus acciones, teniendo, a pesar de todo, que responsabilizarse de ellas.
            Para superar el ataque, el sujeto necesita saber que se encuentra en un terreno de confianza, es decir, que los otros sepan sus preocupaciones y el motivo de su incomodidad, que le hagan saber que su integridad no se encuentra en peligro, que nadie va a desterrarlo del mundo social. Otra posibilidad puede ser la total ausencia de otros, en ocasiones, más fácil y efectiva, aunque también más peligrosa, pues se da la posibilidad de que el sujeto tema el próximo ataque, aislándose de una forma casi permanente. Una tercera posibilidad, es la de frenar el ataque de ansiedad por el método fisiológico, es decir, ingiriendo un ansiolítico, y aunque el método acarrea obvias consecuencias y puede tratarse del más peligroso de los tres, la simple tenencia de un frasco de pastillas como tótem o amuleto, a menudo funciona como perfecta prevención, convirtiendo la hipótesis de su consumo en una posibilidad remota pero consoladora.
            Creo que el análisis fenomenológico del ataque por ansiedad social, aparte de sensibilizar para con aquellos que los padecen, es capaz principalmente de destacar dos cosas de las que a menudo no son conscientes las personas ajenas a este padecimiento, en primer lugar, la gran importancia que tienen para nosotros, aunque a menudo no seamos conscientes de ello, las relaciones sociales, nuestros amigos y conocidos, la sociedad en general en la que nos movemos, y en segundo lugar, la importancia que le damos a la imagen que tienen los demás de nosotros. A menudo escucho el típico “no tiene que importarte lo que piensen los demás de ti”, pero creo que esto es profundamente incorrecto, o al menos no estará tan claro cuando todos los demás piensen que eres un violador en serie y no quieran compartir contigo ni el aire de la calle. Todos queremos dar una imagen concreta de lo que somos o queremos ser, queremos que la gente nos vea de una determinada manera, no de cualquier manera. No quiero decir con esto que todo el mundo debiese padecer un trastorno por ansiedad social, sería caótico, pero quiero hacer notar, para los demás, lo que para una persona que padece el trastorno es evidente.
            Por último me gustaría destacar, quizás de una forma un tanto desordenada, la importancia de la hospitalidad reflexiva para el sujeto que padece un ataque de ansiedad, pues se le dirá, por supuesto, que todo está en su cabeza, que lo que ve es falso, que la gente no se ríe de él, que nadie lo está humillando, pero no obstante, el sujeto lo siente como tal, es decir, por lo general, la gente no tiene ninguna clase de hospitalidad reflexiva para con el sujeto que padece el ataque, lo cual no logra sino confundirlo, hacerle ver que no es capaz de discernir claramente la realidad, y aterrorizarlo más aun, hasta el punto de sentirse completamente incapaz de llevar a cabo cualquier clase de interacción social, por ínfima que sea (por ejemplo, dar los dos besos de la presentación en el lado incorrecto, apretar demasiado fuerte al estrechar la mano, mirar durante demasiado tiempo a una persona, o por el contrario, evitar las miradas como si se tratase de evitar el contacto… toda la larga serie de comportamientos que normalmente nos resultan tan sencillos que los realizamos de forma inconsciente, para el sujeto paciente resultan repentinamente complejos y difíciles). Creo que el comportamiento adecuado para con una persona que está sufriendo un ataque de ansiedad es mostrar comprensión, explicarle que por parte del sujeto que trata de consolarla (y no por parte de un grupo grande de personas, lo cual es inverosímil) no se producirá ninguna clase de humillación o desprecio, y después, permanecer en silencio, en ausencia de cualquier clase de interacción social, pero a pesar de todo, haciendo compañía al paciente (por supuesto, sin mostrar signos de aburrimiento, agobio, etc., que puedan preocuparlo, lo cual no haría sino entorpecer la situación, y en cuyo caso, quizás es mejor dejarlo solo pero haciéndole conocer la total disponibilidad del que consuela).
            Muchas gracias por su tiempo y atención, por supuesto estoy abierto a correcciones y a que se me destaquen los múltiples puntos durante los cuales me he alejado de un terreno estrictamente fenomenológico.

Alejandro Welman Fernández.



[1] Las palabras en cursiva de al principio del párrafo son expresamente las que son, aunque podrían parecer más adecuadas con un cree delante (cree ver, cree saber…), esto no hace más que menguar la relevancia del fenómeno tal y como se experimenta. El sujeto no cree escuchar, sino que realmente escucha, realmente teme y realmente quiere escapar de la situación en la que se encuentra, aunque tras el ataque pueda tomar consciencia de que todo aquello estaba infundado y dependía tan solo de sí mismo, no era falso, lo sentía realmente. En ocasiones como esta, se puede comprender con claridad la importancia de la Indubitabilidad de la percepción inmanente (Husserl).