No iba a tratar este tema en principio pero, pensándolo mejor, creo
que la fenomenología puede llevar a cabo una importante tarea de
sensibilización al respecto; además, se trata de un tema que ha ocupado en la
última época de mi vida gran parte de mi tiempo y pensamiento. Hace unos años
fui al médico por una sensación extraña e increíblemente incómoda que me
invadía de forma frecuente durante mis actividades, sobre todo en aquellas que conllevaban interacciones sociales. Fui
diagnosticado con un Trastorno por
Ansiedad Social, mas famosamente conocido como Fobia Social, es decir, un pánico irracional (aunque, por suerte,
ocasional y controlable) a ser juzgado o humillado socialmente que aparece de
forma esporádica en forma de ataques de ansiedad.
Me gustaría realizar
un análisis fenomenológico de uno de esos ataques, aunque me temo que será
difícil, por mi absoluta inexperiencia, no caer en psicologismos y atenerme
únicamente al fenómeno. Para facilitar la tarea, creo que es indispensable
retraerme a los primeros ataques, aquellos en los que uno no es consciente de
su naturaleza, que aunque para el sujeto que padece los ataques resulta
extremadamente útil, para la fenomenología, su conocimiento entorpece en forma
de prejuicio el abrazo al fenómeno experimentado.
Antes de comenzar,
debo explicar que el ataque aparece al principio de forma inconsciente, es
decir, en un primer momento, no es un fenómeno. Sin embargo, poco a poco, una
sensación desconocida irá apoderándose de nuestro cuerpo, en forma de
incomodidad, y ocupando cada vez más el centro de nuestra atención. Resulta
especialmente llamativa porque no sabemos
lo que es (recordemos que es un miedo irracional).
Tratará, el sujeto que padece esta incomodidad, si está sentado, de cambiar de
posición, de ponerse en pie, quizás dormir un poco, comer, beber agua,
esfuerzos inútiles en busca de la satisfacción de esta extraña necesidad de
origen desconocido que acaba de aparecer pero que tanto le aqueja. Lentamente
(o de súbito), el sujeto concentra cada vez más atención en esta incomodidad,
hasta que no puede pensar en otra cosa, queda
cegado por ella.
Además, es consciente
de que esta sensación extraña, le
está haciendo comportarse de forma extraña,
o lo que de pronto parece mucho peor, sabe
que las personas a su alrededor también son conscientes de su extraño
comportamiento. Eso, por supuesto, le preocupa (quizás en demasía), por lo que
el sujeto trata de eliminar la sensación lo antes posible, concentrado toda su atención en ella, preocupándose
cada vez más por una sensación que se alimenta de la atención que se le ofrece.
Como el Uróboros (imagen
sorprendentemente adecuada), entra en una especie de círculo vicioso y
aterrador: el ataque de ansiedad.
El sujeto ve como las personas que le rodean le
miran de reojo, ve como desvían la
mirada cuando les mira, escucha sus
cuchicheos, sabe que están hablando
de él, humillándolo en secreto mientras se burlan, o extrañándose por la rareza
de su comportamiento, y dándose cuenta, de pronto, de que no es una persona con
la que vale la pena estar, hablar o relacionarse. El sujeto sabe que si le ven, si trata de
relacionarse, quedará excluido de la sociedad, porque todos los demás se darán
cuenta de que es un tipo raro, que no
sabe comportarse, y por eso trata de esconderse, de huir de las relaciones
sociales, de toda posibilidad de comunicarse. En ocasiones, le tendrá pánico a
su propio teléfono móvil. Buscará de forma desesperada salir de la situación en
la que se encuentre; si está en un bar saldrá al exterior o irá al cuarto de
baño, si está en su casa se encerrará en la habitación. Necesitará estar solo,
lo más solo posible. Aunque podría parecer que una persona cercana, conocida,
de confianza, podría resultar de ayuda, a menudo, estas personas son las más
temidas, las relaciones más valiosas y que con más esfuerzo se aspira a
mantener. Recordemos que el sujeto sabe (no
cree) que es un tipo raro, o al menos, que lo parece, y no es esta la imagen
que desea dar a los demás[1].
Pero en muchas
ocasiones, incluso en soledad, el sujeto puede padecer un ataque, no por una
relación concreta o una situación en la que no
sepa exactamente cómo comportarse, sino, directamente, por la ínfima posibilidad de ser humillado. Es
decir, en múltiples ocasiones, por ejemplo, un sujeto puede tener la sensación
de que le están persiguiendo por la calle, de que quieren hacerle daño, pero
sobretodo, de que quieren dañar su integridad, su dignidad, porque no es el
dolor físico lo que teme, teme perder su condición de ser social. O quizás, otro ejemplo, como he mencionado antes, puede
temer utilizar su teléfono, su ordenador o cualquier dispositivo que le ofrezca
la oportunidad de comunicarse, como si en un acto impulsivo fuese a enviar una
fotografía humillante, o un texto pretencioso, que le privara de las relaciones
sociales que tanto aprecia. La posibilidad, por remota que sea, de arruinar su
vida, si se encuentra en sus manos, le resulta aterradora (precisamente porque
es consciente de que su juicio se encuentra totalmente ensombrecido, de que no
es capaz de relacionarse efectivamente como normalmente hace). En cierto modo,
el sujeto se siente como si un agente externo se hubiese apoderado de su cuerpo
de manera que no pudiera responder de sus acciones, teniendo, a pesar de todo,
que responsabilizarse de ellas.
Para superar el
ataque, el sujeto necesita saber que se encuentra en un terreno de confianza,
es decir, que los otros sepan sus preocupaciones y el motivo de su incomodidad,
que le hagan saber que su integridad no se encuentra en peligro, que nadie va a
desterrarlo del mundo social. Otra posibilidad puede ser la total ausencia de
otros, en ocasiones, más fácil y efectiva, aunque también más peligrosa, pues
se da la posibilidad de que el sujeto tema el
próximo ataque, aislándose de una forma casi permanente. Una tercera
posibilidad, es la de frenar el ataque de ansiedad por el método fisiológico,
es decir, ingiriendo un ansiolítico, y aunque el método acarrea obvias
consecuencias y puede tratarse del más peligroso de los tres, la simple
tenencia de un frasco de pastillas como tótem
o amuleto, a menudo funciona como
perfecta prevención, convirtiendo la hipótesis de su consumo en una posibilidad
remota pero consoladora.
Creo que el análisis
fenomenológico del ataque por ansiedad social, aparte de sensibilizar para con
aquellos que los padecen, es capaz principalmente de destacar dos cosas de las
que a menudo no son conscientes las personas ajenas a este padecimiento, en
primer lugar, la gran importancia que tienen para nosotros, aunque a menudo no
seamos conscientes de ello, las relaciones sociales, nuestros amigos y
conocidos, la sociedad en general en la que nos movemos, y en segundo lugar, la
importancia que le damos a la imagen que
tienen los demás de nosotros. A menudo escucho el típico “no tiene que importarte lo que piensen los
demás de ti”, pero creo que esto es profundamente incorrecto, o al menos no
estará tan claro cuando todos los demás piensen que eres un violador en serie y
no quieran compartir contigo ni el aire de la calle. Todos queremos dar una
imagen concreta de lo que somos o queremos ser, queremos que la gente nos vea
de una determinada manera, no de cualquier manera. No quiero decir con esto que
todo el mundo debiese padecer un trastorno por ansiedad social, sería caótico,
pero quiero hacer notar, para los demás, lo que para una persona que padece el
trastorno es evidente.
Por último me
gustaría destacar, quizás de una forma un tanto desordenada, la importancia de
la hospitalidad reflexiva para el sujeto que padece un ataque de ansiedad, pues
se le dirá, por supuesto, que todo está en su cabeza, que lo que ve es falso,
que la gente no se ríe de él, que nadie lo está humillando, pero no obstante,
el sujeto lo siente como tal, es decir, por lo general, la gente no tiene
ninguna clase de hospitalidad reflexiva para con el sujeto que padece el
ataque, lo cual no logra sino confundirlo, hacerle ver que no es capaz de discernir
claramente la realidad, y aterrorizarlo más aun, hasta el punto de sentirse
completamente incapaz de llevar a cabo cualquier clase de interacción social,
por ínfima que sea (por ejemplo, dar los dos besos de la presentación en el
lado incorrecto, apretar demasiado fuerte al estrechar la mano, mirar durante
demasiado tiempo a una persona, o por el contrario, evitar las miradas como si
se tratase de evitar el contacto… toda la larga serie de comportamientos que
normalmente nos resultan tan sencillos que los realizamos de forma
inconsciente, para el sujeto paciente resultan repentinamente complejos y
difíciles). Creo que el comportamiento adecuado para con una persona que está
sufriendo un ataque de ansiedad es mostrar comprensión, explicarle que por parte
del sujeto que trata de consolarla (y no por parte de un grupo grande de
personas, lo cual es inverosímil) no se producirá ninguna clase de humillación
o desprecio, y después, permanecer en silencio, en ausencia de cualquier clase
de interacción social, pero a pesar de todo, haciendo compañía al paciente (por
supuesto, sin mostrar signos de aburrimiento, agobio, etc., que puedan
preocuparlo, lo cual no haría sino entorpecer la situación, y en cuyo caso,
quizás es mejor dejarlo solo pero haciéndole conocer la total disponibilidad
del que consuela).
Muchas gracias por su
tiempo y atención, por supuesto estoy abierto a correcciones y a que se me
destaquen los múltiples puntos durante los cuales me he alejado de un terreno
estrictamente fenomenológico.
Alejandro Welman Fernández.
[1]
Las palabras en cursiva de al principio del párrafo son expresamente las que
son, aunque podrían parecer más adecuadas con un cree delante (cree ver, cree
saber…), esto no hace más que menguar la relevancia del fenómeno tal y como se
experimenta. El sujeto no cree escuchar,
sino que realmente escucha, realmente teme
y realmente quiere escapar de la situación en la que se encuentra, aunque tras
el ataque pueda tomar consciencia de que todo aquello estaba infundado y
dependía tan solo de sí mismo, no era falso,
lo sentía realmente. En ocasiones
como esta, se puede comprender con claridad la importancia de la Indubitabilidad de la percepción inmanente
(Husserl).