Y yo, que soy un absoluto admirador de la naturaleza, me siento como descolocado en este lugar cuya apariencia se me hace completamente artificial, y cuyo objetivo, además de ensombrecerla, la destruye bajo aparentes y falsas contemplaciones. Ver las fotos de los niños en la publicidad de las paredes y pensar en los niños que a su vez manufacturaron estas prendas que aquí se venden, es darse cuenta de la perfecta hipocresía que reina entre los locales de este entramado comercial. Y cómo caminar con el corazón tranquilo, viendo como huyen, todas estas personas, de sí mismas sin descanso, como en una tarea ansiosa y desesperante. No hay un segundo de calma en estos sesos permanentemente divertidos. Hay que divertirse para ser feliz, se dicen, se repiten, pero no saben ni lo que es la felicidad ni apenas qué es su propia vida. No se lo permiten. Se tapan los ojos y patalean, se tapan los oídos y gritan. No quieren escuchar, no quieren sentir la angustia. La gran angustia. Pero la angustia es inevitable, y por eso hay que lanzarse al mundo de los entretenimientos, el móvil, los vídeo juegos, los bares y la discoteca, los libros de fantasía juvenil o de erotismo fácil, las series y la televisión... ¡todo cuanto haga falta, con tal de no mirar a la vida a los ojos!
Pero que nadie se atreva, por favor, a hablarnos del sentido de nuestra vida. Esa es tarea de filósofos. ¿Tiene acaso sentido? No nos interesa. Puede que sí, puede que no, pero si no tiramos la moneda, si no miramos el resultado, si en lugar de ello danzamos por los magníficos y verdes campos de la incertidumbre, ¿seremos felices, verdad?
No saben, realmente, lo que se pierden. Y yo tampoco. Espero descubrirlo algún día.