domingo, 1 de julio de 2018

Cómo colocarse con papel y lápiz.

         Existe, a mi parecer, una experiencia estética, que no se si llamarla así, diferente por completo a la experiencia que le da la valor al arte, a la experiencia que podemos sentir al pararnos frente a un cuadro y comprenderlo, verlo, o como queramos decirlo. Como digo, la experiencia que yo quiero encargarme de describir no se acerca tanto al arte como al dibujo, y por mis escasísimos conocimientos en estética no me atrevo a decir que en nada se asemeja una experiencia a la otra, aunque así lo suponga. La experiencia que yo trato de poner aquí por escrito es la experiencia de una perturbación psíquica, una especie de alucinación leve, una desconexión con un mundo determinado y una conexión con otro distinto. Se trata de una experiencia que todo artista-o consumidor ocasional de mescalina[1]-debe haber vivido, sobre todo el realista, aunque quizás de una manera inconsciente, o al menos, inconsciente de los motivos por los cuales se encontraba en este estado de embriaguez perceptiva.
         Todo lo que voy a exponer a continuación se basa en el libro de Betty Edwards, Drawing on the Right Side of the Brain[2], que investigó y utilizó efectivamente a la hora de dar clase las investigaciones que se habían realizado acerca del cerebro, aplicándolas a sus lecciones de dibujo y estudiando las relaciones que podía encontrar entre esta habilidad (esencialmente perceptiva, y no manual como usualmente se puede penar) y su lugar correspondiente en el órgano.
         Efectivamente, el cerebro se encuentra dividido en dos hemisferios que se encuentran exclusivamente unidos entre ellos por un cuerpo de intensa densidad neuronal: el corpus callosum. En los animales ambos hemisferios funcionan de manera idéntica, pero en los seres humanos las tareas asignadas a cada hemisferio se encuentran ligeramente divididas. En cierto modo, es como si se repartiesen las tareas entre ambos pero al mismo tiempo colaborasen en la realización de cada una de ellas. Esta diferencia con los animales la podemos comprobar fácilmente en el predominio del uso de una mano sobre la otra. Ahora, alrededor del 90% de la población es diestra, utiliza la mano derecha con mucha más facilidad y frecuencia que la izquierda, y la mano derecha es la que se encuentra conectada al lado izquierdo del cerebro, el que ha sido asignado, mediante experimentos y observación, a una serie de funciones entre las cuales la principal es el lenguaje: “La evidencia demostró que el modo del hemisferio izquierdo es verbal y analítico, mientras que el del derecho es no verbal y global. Posteriormente, Jerre Levy descubrió que el procesamiento en el hemisferio derecho es rápido, complejo, totalizador, espacial y perceptivo, y que este procesamiento no sólo es diferente, sino de complejidad comparable a la del modo verbal y analítico del hemisferio izquierdo.”
         El lenguaje abarca toda nuestra vida, y así el hemisferio izquierdo del cerebro. Prácticamente todo lo que hacemos es una dirección del hemisferio izquierdo con interrupciones acalladas de su contiguo. Pensamos constantemente, y sin embargo, nos cuesta enormes esfuerzos pensar sin palabras. Repito que el cerebro funciona como un todo, no es que sus partes compitan por el protagonismo. Pero lo que sí es cierto es que a la hora de mirar una foto, por ejemplo, un retrato, analizaremos la imagen separando sus partes: nariz, pelo, orejas, ojos… identificaremos cada parte con una palabra, un significado, y si tratamos de dibujar lo que vemos, dibujaremos la representación simbólica, rescatada de nuestra memoria, de aquel significado que antes habíamos identificado. Así, cuando un niño, o cualquier dibujante principiante, dibuja una mesa, tratará de colocar sobre el dibujo, aunque no se vean en la imagen, las cuatro patas de la mesa, creando una especie de fractura en el espacio-tiempo de su dibujo.
         Sin embargo, el hemisferio derecho, “rápido, complejo, totalizador, espacial y perceptivo”, tomará la totalidad de la imagen, no como un conjunto compuesto de partes divisibles, sino como un todo en el mismo plano. Si observamos las frutas dispuestas en un bol, como listas para ser pintadas en un bodegón, veremos de manera automática cada fruta diferenciada y delimitada. Si le hacemos una foto, sabemos distinguir qué fruta es cuál, y qué línea o qué color pertenece a cada uva, cada manzana o cada granada. Sin embargo, el hemisferio derecho trata la imagen de otro modo. Un modo en el que cada línea no forma parte de otra cosa que de la totalidad de la imagen. No existe significado para ella, no delimita otra cosa, sino que simplemente está y podría perfectamente ser de otra manera y seguir teniendo sentido, precisamente porque no necesita un sentido. Y a pesar de todo, cuando se dibuja con el lado derecho del cerebro se dibuja mejor. Al menos, más fielmente. Al desconectar la línea de su sentido, ya no se trata, inconscientemente, de asociarla a una imagen distinta, de corregirla. Si la pupila del ojo, por el modo en el que la golpea la luz o la perspectiva en la que ha sido tomada la imagen, no tiene una forma circular, el hemisferio izquierdo tratará de otorgársela, mientras que el derecho respetará su forma original, porque no ve una pupila, sino una mancha delimitada, enlazada con otras manchas y que forman entre todas una totalidad de líneas y manchas sin sentido.
         Por eso, inconscientemente, cuando tratamos de dibujar siendo fieles a la realidad que se encuentra frente a nosotros, estamos obligándonos a utilizar por un rato el hemisferio derecho del cerebro con más protagonismo que el izquierdo. Es por eso que funciona tan bien la música, pero no la conversación, por eso se nos pasa el tiempo volando. La medición del tiempo, el lenguaje, la percepción tridimensional… son habilidades del hemisferio izquierdo del cerebro al que estamos acostumbrados, que mientras dibujamos con concentración y experiencia, desconectamos.
         Bien, establecido esto, nos queda que normalmente nuestra percepción y pensamiento se encuentran protagonizados por el hemisferio izquierdo, mientras que, cuando dibujamos, este protagonismo se cede a su contiguo. Ahora, ¿qué es una alucinación, sino una alteración de la percepción normal, cotidiana? ¿No es, lo que ocurre mientras dibujamos, un evento para-normal en nuestra vida, una alteración de nuestra habitual percepción? Efectivamente, si leemos el ensayo The Doors of Perception escrito por Aldous Huxley en torno a sus experiencias probando la mescalina, podemos comprobar las semejanzas que existen entre este colocón y la experiencia del dibujo realista. En mi propia experiencia, la percepción espacial, quiero decir, tridimensional, desaparece en favor de un plano que los contenga a todos. Las líneas, aunque sin un sentido, aparecen de manera clara, y su forma no se confunde cuando desaparecen de la vista. El tiempo pasa, pero su percepción se encuentra profundamente confundida, pudiendo pasar 2 horas en lo que parecen 10 minutos, y en consecuencia, uno puede quedarse entretenido en una arruga, en la esquina de un labio o en el rabillo de un ojo durante toda la tarde sin distraerse. El lenguaje, ciertamente, desparece del pensamiento. No sabría decir si uno está pensando en algo, durante el proceso, o no piensa, pero desde luego, no hay palabras en el dibujo, no hay un soliloquio ni un nombramiento. Es más, cuando uno deja de dibujar, después de varias horas, porque le han llamado por teléfono o alguien entra en la habitación y le habla, las palabras salen como con esfuerzo de la boca, como si hubiese que buscarlas en un cajón cerrado antes de sacarlas, como que no están al alcance instantáneo de la mano.
         Pues bien, esta es la curiosa y satisfactoria experiencia del dibujo. Tiene poca relevancia, pero es interesante.


[1] C. f.: Huxley, A., The Doors of Perception. 1954.                                              
[2] Nueva York, 1979.

lunes, 7 de mayo de 2018

Puto chivato killo


            El otro día, mientras caminaba por el pueblo, me crucé con un grupo de niños de entre 10 y 12 años que charlaban sentados ante la puerta de una de las papelerías-copisterías que tan comunes parecen en Bormujos. La cosa es que, sin quererlo en realidad, escuché como una niña de las que se encontraban allí reunidas le decía a otra: “es que tu antes eras una chivata, por eso no me juntaba contigo”, a lo que la otra respondió muy indignada y ofendida: “oye que hace mucho ya que no soy una chivata, ¿eh?”, lo que me hizo pensar en la gravedad que tiene en nuestro idioma, o al menos, en nuestro dialecto, la palabra chivato.

            ¿Qué surge primero, el contexto que refuerza el sentido peyorativo de la palabra, o es quizás la palabra y su fuerza la que genera una situación en la que el chivato está tan mal visto? Desde luego, hoy en día, la palabra va primero. Cuando eres pequeño y estas en el cole, como le debió de ocurrir a esta niña, la chivatilla, ves a uno de tus compañeros copiar en un examen o quitándole los deberes a otro y te acercas a la profesora: “Seño, que Juan está copiando”, muy orgulloso de tu fiel respeto a las reglas y la autoridad. Pero entonces llega tu condena, porque después de que la seño le eche la bronca a Juan, Juan se acerca a sus amigos, que son los tuyos también porque estás en el cole y que le vamos a hacer, y les dice que si eres un chivato, que si no se qué, y que no se junten contigo por eso. Y cuando llega la hora del patio te dicen chivato y te dejan solo. ¿Por qué? Porque has colocado a la autoridad por encima de tus iguales, el sistema de reglas y valores impuestos antes que la fidelidad a tus semejantes, dicen los niños de 6 años.

            ¿Surge de aquí la gravedad del insulto? ¿De una especie de traición a la confianza? Venimos de una dictadura al fin y al cabo, donde los iguales son muchos y la autoridad es poderosa. Aun recuerdo a mis padres diciéndome de chico que no fuese chivato, que está bien que cuando vea algo malo quiera evitarlo, pero que no recurra a la seño sino que hable con el niño. ¿Ocurre esto en el resto de culturas? ¿Si yo le digo snitch a un guiri se me cabrea o le importa poco? Habrá que probar, debatir e investigar. Desde luego la importancia y la urgencia de esta meditación superan con creces cualquiera de los discursos filosóficos vigentes en la actualidad.

domingo, 18 de marzo de 2018

La Gran Angustia

Y yo, que soy un absoluto admirador de la naturaleza, me siento como descolocado en este lugar cuya apariencia se me hace completamente artificial, y cuyo objetivo, además de ensombrecerla, la destruye bajo aparentes y falsas contemplaciones. Ver las fotos de los niños en la publicidad de las paredes y pensar en los niños que a su vez manufacturaron estas prendas que aquí se venden, es darse cuenta de la perfecta hipocresía que reina entre los locales de este entramado comercial. Y cómo caminar con el corazón tranquilo, viendo como huyen, todas estas personas, de sí mismas sin descanso, como en una tarea ansiosa y desesperante. No hay un segundo de calma en estos sesos permanentemente divertidos. Hay que divertirse para ser feliz, se dicen, se repiten, pero no saben ni lo que es la felicidad ni apenas qué es su propia vida. No se lo permiten. Se tapan los ojos y patalean, se tapan los oídos y gritan. No quieren escuchar, no quieren sentir la angustia. La gran angustia. Pero la angustia es inevitable, y por eso hay que lanzarse al mundo de los entretenimientos, el móvil, los vídeo juegos, los bares y la discoteca, los libros de fantasía juvenil o de erotismo fácil, las series y la televisión... ¡todo cuanto haga falta, con tal de no mirar a la vida a los ojos!
Pero que nadie se atreva, por favor, a hablarnos del sentido de nuestra vida. Esa es tarea de filósofos. ¿Tiene acaso sentido? No nos interesa. Puede que sí, puede que no, pero si no tiramos la moneda, si no miramos el resultado, si en lugar de ello danzamos por los magníficos y verdes campos de la incertidumbre, ¿seremos felices, verdad?
No saben, realmente, lo que se pierden. Y yo tampoco. Espero descubrirlo algún día.

sábado, 27 de enero de 2018

Fenomenología de la Ansiedad

           No iba a tratar este tema en principio pero, pensándolo mejor, creo que la fenomenología puede llevar a cabo una importante tarea de sensibilización al respecto; además, se trata de un tema que ha ocupado en la última época de mi vida gran parte de mi tiempo y pensamiento. Hace unos años fui al médico por una sensación extraña e increíblemente incómoda que me invadía de forma frecuente durante mis actividades, sobre todo en aquellas que conllevaban interacciones sociales. Fui diagnosticado con un Trastorno por Ansiedad Social, mas famosamente conocido como Fobia Social, es decir, un pánico irracional (aunque, por suerte, ocasional y controlable) a ser juzgado o humillado socialmente que aparece de forma esporádica en forma de ataques de ansiedad.
             Me gustaría realizar un análisis fenomenológico de uno de esos ataques, aunque me temo que será difícil, por mi absoluta inexperiencia, no caer en psicologismos y atenerme únicamente al fenómeno. Para facilitar la tarea, creo que es indispensable retraerme a los primeros ataques, aquellos en los que uno no es consciente de su naturaleza, que aunque para el sujeto que padece los ataques resulta extremadamente útil, para la fenomenología, su conocimiento entorpece en forma de prejuicio el abrazo al fenómeno experimentado.
            Antes de comenzar, debo explicar que el ataque aparece al principio de forma inconsciente, es decir, en un primer momento, no es un fenómeno. Sin embargo, poco a poco, una sensación desconocida irá apoderándose de nuestro cuerpo, en forma de incomodidad, y ocupando cada vez más el centro de nuestra atención. Resulta especialmente llamativa porque no sabemos lo que es (recordemos que es un miedo irracional). Tratará, el sujeto que padece esta incomodidad, si está sentado, de cambiar de posición, de ponerse en pie, quizás dormir un poco, comer, beber agua, esfuerzos inútiles en busca de la satisfacción de esta extraña necesidad de origen desconocido que acaba de aparecer pero que tanto le aqueja. Lentamente (o de súbito), el sujeto concentra cada vez más atención en esta incomodidad, hasta que no puede pensar en otra cosa, queda cegado por ella.
            Además, es consciente de que esta sensación extraña, le está haciendo comportarse de forma extraña, o lo que de pronto parece mucho peor, sabe que las personas a su alrededor también son conscientes de su extraño comportamiento. Eso, por supuesto, le preocupa (quizás en demasía), por lo que el sujeto trata de eliminar la sensación lo antes posible, concentrado toda su atención en ella, preocupándose cada vez más por una sensación que se alimenta de la atención que se le ofrece. Como el Uróboros (imagen sorprendentemente adecuada), entra en una especie de círculo vicioso y aterrador: el ataque de ansiedad.
            El sujeto ve como las personas que le rodean le miran de reojo, ve como desvían la mirada cuando les mira, escucha sus cuchicheos, sabe que están hablando de él, humillándolo en secreto mientras se burlan, o extrañándose por la rareza de su comportamiento, y dándose cuenta, de pronto, de que no es una persona con la que vale la pena estar, hablar o relacionarse. El sujeto sabe que si le ven, si trata de relacionarse, quedará excluido de la sociedad, porque todos los demás se darán cuenta de que es un tipo raro, que no sabe comportarse, y por eso trata de esconderse, de huir de las relaciones sociales, de toda posibilidad de comunicarse. En ocasiones, le tendrá pánico a su propio teléfono móvil. Buscará de forma desesperada salir de la situación en la que se encuentre; si está en un bar saldrá al exterior o irá al cuarto de baño, si está en su casa se encerrará en la habitación. Necesitará estar solo, lo más solo posible. Aunque podría parecer que una persona cercana, conocida, de confianza, podría resultar de ayuda, a menudo, estas personas son las más temidas, las relaciones más valiosas y que con más esfuerzo se aspira a mantener. Recordemos que el sujeto sabe (no cree) que es un tipo raro, o al menos, que lo parece, y no es esta la imagen que desea dar a los demás[1].
            Pero en muchas ocasiones, incluso en soledad, el sujeto puede padecer un ataque, no por una relación concreta o una situación en la que no sepa exactamente cómo comportarse, sino, directamente, por la ínfima posibilidad de ser humillado. Es decir, en múltiples ocasiones, por ejemplo, un sujeto puede tener la sensación de que le están persiguiendo por la calle, de que quieren hacerle daño, pero sobretodo, de que quieren dañar su integridad, su dignidad, porque no es el dolor físico lo que teme, teme perder su condición de ser social. O quizás, otro ejemplo, como he mencionado antes, puede temer utilizar su teléfono, su ordenador o cualquier dispositivo que le ofrezca la oportunidad de comunicarse, como si en un acto impulsivo fuese a enviar una fotografía humillante, o un texto pretencioso, que le privara de las relaciones sociales que tanto aprecia. La posibilidad, por remota que sea, de arruinar su vida, si se encuentra en sus manos, le resulta aterradora (precisamente porque es consciente de que su juicio se encuentra totalmente ensombrecido, de que no es capaz de relacionarse efectivamente como normalmente hace). En cierto modo, el sujeto se siente como si un agente externo se hubiese apoderado de su cuerpo de manera que no pudiera responder de sus acciones, teniendo, a pesar de todo, que responsabilizarse de ellas.
            Para superar el ataque, el sujeto necesita saber que se encuentra en un terreno de confianza, es decir, que los otros sepan sus preocupaciones y el motivo de su incomodidad, que le hagan saber que su integridad no se encuentra en peligro, que nadie va a desterrarlo del mundo social. Otra posibilidad puede ser la total ausencia de otros, en ocasiones, más fácil y efectiva, aunque también más peligrosa, pues se da la posibilidad de que el sujeto tema el próximo ataque, aislándose de una forma casi permanente. Una tercera posibilidad, es la de frenar el ataque de ansiedad por el método fisiológico, es decir, ingiriendo un ansiolítico, y aunque el método acarrea obvias consecuencias y puede tratarse del más peligroso de los tres, la simple tenencia de un frasco de pastillas como tótem o amuleto, a menudo funciona como perfecta prevención, convirtiendo la hipótesis de su consumo en una posibilidad remota pero consoladora.
            Creo que el análisis fenomenológico del ataque por ansiedad social, aparte de sensibilizar para con aquellos que los padecen, es capaz principalmente de destacar dos cosas de las que a menudo no son conscientes las personas ajenas a este padecimiento, en primer lugar, la gran importancia que tienen para nosotros, aunque a menudo no seamos conscientes de ello, las relaciones sociales, nuestros amigos y conocidos, la sociedad en general en la que nos movemos, y en segundo lugar, la importancia que le damos a la imagen que tienen los demás de nosotros. A menudo escucho el típico “no tiene que importarte lo que piensen los demás de ti”, pero creo que esto es profundamente incorrecto, o al menos no estará tan claro cuando todos los demás piensen que eres un violador en serie y no quieran compartir contigo ni el aire de la calle. Todos queremos dar una imagen concreta de lo que somos o queremos ser, queremos que la gente nos vea de una determinada manera, no de cualquier manera. No quiero decir con esto que todo el mundo debiese padecer un trastorno por ansiedad social, sería caótico, pero quiero hacer notar, para los demás, lo que para una persona que padece el trastorno es evidente.
            Por último me gustaría destacar, quizás de una forma un tanto desordenada, la importancia de la hospitalidad reflexiva para el sujeto que padece un ataque de ansiedad, pues se le dirá, por supuesto, que todo está en su cabeza, que lo que ve es falso, que la gente no se ríe de él, que nadie lo está humillando, pero no obstante, el sujeto lo siente como tal, es decir, por lo general, la gente no tiene ninguna clase de hospitalidad reflexiva para con el sujeto que padece el ataque, lo cual no logra sino confundirlo, hacerle ver que no es capaz de discernir claramente la realidad, y aterrorizarlo más aun, hasta el punto de sentirse completamente incapaz de llevar a cabo cualquier clase de interacción social, por ínfima que sea (por ejemplo, dar los dos besos de la presentación en el lado incorrecto, apretar demasiado fuerte al estrechar la mano, mirar durante demasiado tiempo a una persona, o por el contrario, evitar las miradas como si se tratase de evitar el contacto… toda la larga serie de comportamientos que normalmente nos resultan tan sencillos que los realizamos de forma inconsciente, para el sujeto paciente resultan repentinamente complejos y difíciles). Creo que el comportamiento adecuado para con una persona que está sufriendo un ataque de ansiedad es mostrar comprensión, explicarle que por parte del sujeto que trata de consolarla (y no por parte de un grupo grande de personas, lo cual es inverosímil) no se producirá ninguna clase de humillación o desprecio, y después, permanecer en silencio, en ausencia de cualquier clase de interacción social, pero a pesar de todo, haciendo compañía al paciente (por supuesto, sin mostrar signos de aburrimiento, agobio, etc., que puedan preocuparlo, lo cual no haría sino entorpecer la situación, y en cuyo caso, quizás es mejor dejarlo solo pero haciéndole conocer la total disponibilidad del que consuela).
            Muchas gracias por su tiempo y atención, por supuesto estoy abierto a correcciones y a que se me destaquen los múltiples puntos durante los cuales me he alejado de un terreno estrictamente fenomenológico.

Alejandro Welman Fernández.



[1] Las palabras en cursiva de al principio del párrafo son expresamente las que son, aunque podrían parecer más adecuadas con un cree delante (cree ver, cree saber…), esto no hace más que menguar la relevancia del fenómeno tal y como se experimenta. El sujeto no cree escuchar, sino que realmente escucha, realmente teme y realmente quiere escapar de la situación en la que se encuentra, aunque tras el ataque pueda tomar consciencia de que todo aquello estaba infundado y dependía tan solo de sí mismo, no era falso, lo sentía realmente. En ocasiones como esta, se puede comprender con claridad la importancia de la Indubitabilidad de la percepción inmanente (Husserl).