Todo
lo que voy a exponer a continuación se basa en el libro de Betty Edwards, Drawing
on the Right Side of the Brain[2],
que investigó y utilizó efectivamente a la hora de dar clase las
investigaciones que se habían realizado acerca del cerebro, aplicándolas a sus
lecciones de dibujo y estudiando las relaciones que podía encontrar entre esta
habilidad (esencialmente perceptiva, y no manual como usualmente se puede
penar) y su lugar correspondiente en el órgano.
Efectivamente,
el cerebro se encuentra dividido en dos hemisferios que se encuentran
exclusivamente unidos entre ellos por un cuerpo de intensa densidad neuronal:
el corpus callosum. En los animales
ambos hemisferios funcionan de manera idéntica, pero en los seres humanos las
tareas asignadas a cada hemisferio se encuentran ligeramente divididas. En
cierto modo, es como si se repartiesen las tareas entre ambos pero al mismo
tiempo colaborasen en la realización de cada una de ellas. Esta diferencia con
los animales la podemos comprobar fácilmente en el predominio del uso de una mano
sobre la otra. Ahora, alrededor del 90% de la población es diestra, utiliza la
mano derecha con mucha más facilidad y frecuencia que la izquierda, y la mano
derecha es la que se encuentra conectada al lado izquierdo del cerebro, el que
ha sido asignado, mediante experimentos y observación, a una serie de funciones
entre las cuales la principal es el lenguaje: “La evidencia demostró que el modo del hemisferio izquierdo es verbal y
analítico, mientras que el del derecho es no verbal y global. Posteriormente,
Jerre Levy descubrió que el procesamiento en el hemisferio derecho es rápido,
complejo, totalizador, espacial y perceptivo, y que este procesamiento no sólo
es diferente, sino de complejidad comparable a la del modo verbal y analítico
del hemisferio izquierdo.”
El
lenguaje abarca toda nuestra vida, y así el hemisferio izquierdo del cerebro.
Prácticamente todo lo que hacemos es una dirección del hemisferio izquierdo con
interrupciones acalladas de su contiguo. Pensamos constantemente, y sin
embargo, nos cuesta enormes esfuerzos pensar sin palabras. Repito que el
cerebro funciona como un todo, no es que sus partes compitan por el
protagonismo. Pero lo que sí es cierto es que a la hora de mirar una foto, por
ejemplo, un retrato, analizaremos la imagen separando sus partes: nariz, pelo,
orejas, ojos… identificaremos cada parte con una palabra, un significado, y si
tratamos de dibujar lo que vemos, dibujaremos la representación simbólica,
rescatada de nuestra memoria, de aquel significado que antes habíamos identificado.
Así, cuando un niño, o cualquier dibujante principiante, dibuja una mesa,
tratará de colocar sobre el dibujo, aunque no se vean en la imagen, las cuatro
patas de la mesa, creando una especie de fractura en el espacio-tiempo de su
dibujo.
Sin
embargo, el hemisferio derecho, “rápido,
complejo, totalizador, espacial y perceptivo”, tomará la totalidad de la
imagen, no como un conjunto compuesto de partes divisibles, sino como un todo
en el mismo plano. Si observamos las frutas dispuestas en un bol, como listas
para ser pintadas en un bodegón, veremos de manera automática cada fruta
diferenciada y delimitada. Si le hacemos una foto, sabemos distinguir qué fruta
es cuál, y qué línea o qué color pertenece a cada uva, cada manzana o cada
granada. Sin embargo, el hemisferio derecho trata la imagen de otro modo. Un
modo en el que cada línea no forma parte de otra cosa que de la totalidad de la
imagen. No existe significado para ella, no delimita otra cosa, sino que
simplemente está y podría perfectamente ser de otra manera y seguir teniendo
sentido, precisamente porque no necesita
un sentido. Y a pesar de todo, cuando se dibuja con el lado derecho del
cerebro se dibuja mejor. Al menos,
más fielmente. Al desconectar la línea de su sentido, ya no se trata,
inconscientemente, de asociarla a una imagen distinta, de corregirla. Si la
pupila del ojo, por el modo en el que la golpea la luz o la perspectiva en la
que ha sido tomada la imagen, no tiene una forma circular, el hemisferio
izquierdo tratará de otorgársela, mientras que el derecho respetará su forma
original, porque no ve una pupila,
sino una mancha delimitada, enlazada con otras manchas y que forman entre todas
una totalidad de líneas y manchas sin sentido.
Por
eso, inconscientemente, cuando tratamos de dibujar siendo fieles a la realidad
que se encuentra frente a nosotros, estamos obligándonos a utilizar por un rato
el hemisferio derecho del cerebro con más protagonismo que el izquierdo. Es por
eso que funciona tan bien la música, pero no la conversación, por eso se nos
pasa el tiempo volando. La medición del tiempo, el lenguaje, la percepción
tridimensional… son habilidades del hemisferio izquierdo del cerebro al que
estamos acostumbrados, que mientras dibujamos con concentración y experiencia,
desconectamos.
Bien,
establecido esto, nos queda que normalmente nuestra percepción y pensamiento se
encuentran protagonizados por el hemisferio izquierdo, mientras que, cuando
dibujamos, este protagonismo se cede a su contiguo. Ahora, ¿qué es una
alucinación, sino una alteración de la percepción normal, cotidiana? ¿No es, lo
que ocurre mientras dibujamos, un evento para-normal en nuestra vida, una
alteración de nuestra habitual percepción? Efectivamente, si leemos el ensayo The Doors of Perception escrito por
Aldous Huxley en torno a sus experiencias probando la mescalina, podemos
comprobar las semejanzas que existen entre este colocón y la experiencia del
dibujo realista. En mi propia experiencia, la percepción espacial, quiero
decir, tridimensional, desaparece en favor de un plano que los contenga a
todos. Las líneas, aunque sin un sentido, aparecen de manera clara, y su forma
no se confunde cuando desaparecen de la vista. El tiempo pasa, pero su
percepción se encuentra profundamente confundida, pudiendo pasar 2 horas en lo
que parecen 10 minutos, y en consecuencia, uno puede quedarse entretenido en
una arruga, en la esquina de un labio o en el rabillo de un ojo durante toda la
tarde sin distraerse. El lenguaje, ciertamente, desparece del pensamiento. No
sabría decir si uno está pensando en algo, durante el proceso, o no piensa,
pero desde luego, no hay palabras en el dibujo, no hay un soliloquio ni un
nombramiento. Es más, cuando uno deja de dibujar, después de varias horas,
porque le han llamado por teléfono o alguien entra en la habitación y le habla,
las palabras salen como con esfuerzo de la boca, como si hubiese que buscarlas
en un cajón cerrado antes de sacarlas, como que no están al alcance instantáneo
de la mano.
Pues
bien, esta es la curiosa y satisfactoria experiencia del dibujo. Tiene poca
relevancia, pero es interesante.
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